(Euphoria S03 -HBO Max, 2026-)
Hace cinco años leíamos en este blog la primera temporada de Euphoria como un obituario para un régimen moribundo. La historia de Rue Bennet y sus entorno en el poblado ficticio de East Highland revelaba el agotamiento de un experimento neoliberal que había destruido las condiciones de vida de la América trabajadora, aflorado profundas precariedades materiales, identitarias y simbólicas y creado las condiciones para su propia implosión. La hipótesis era correcta: el régimen neoliberal daba sus últimos coletazos.
Lo que no imaginábamos entonces era que lo que nacería de sus cenizas sería infinitamente peor.
Tras ganar reconocimiento elaborando parte del cine social más comprometido de la última década (Nación Salvaje, Malcolm & Marie, la propia Euphoria en su primera temporada), en la 3ª temporada de la serie estrella de HBO, Sam Levinson vira con brusquedad hacia el canon de la América más conservadora. El relato sensible de la vida de un grupo de adolescentes es reemplazado por una suerte de western en el que coexisten grupos neonazis, bandas de narcotraficantes enfrentadas y un recurso salvífico a la fe cristiana como pretendido disolvente del conflicto.
Ambientada en los Estados Unidos de 2024, en la 3a temporada de Euphoria, todas las fracturas sociales descritas por Levinson en la primera entrega de la serie han dejado de ser espacios de impugnación para convertirse en escenarios de derrota.
Un país autoproclamado cúspide de las instituciones de la democracia liberal encuentra su institucionalidad en descomposición. Lo público no funciona. Las fuerzas de seguridad son incapaces de detener el ciclo del fentanilo. Los estragos que genera este ciclo se asumen como imponderables y la única regla que funciona es la del más fuerte.
En el país del #MeToo, la industria audiovisual cambia el mito de Harvey Weinstein por el de OnlyFans. En el de Marsha P. Johnson y Chelsea Manning, las personas trans son representadas -en el mejor de los casos- como fetiche clandestino para millonarios. El debate sobre la crisis de la masculinidad hegemónica es pisoteado por tramas de gángsters que se exterminan entre sí.
En el país de Rosa Parks y Malcom X, las poblaciones afrodescendiente y latina descienden al mismo ritmo que lo hace el suelo de la precariedad. No hay reparación para una desigualdad que se vuelve cada vez más profunda.
La última entrega de Euphoria canaliza una visión del mundo pos-covid en que el programa emancipatorio del feminismo, el antirracismo y la redistribución de la riqueza ha quedado primero congelado, luego convertido en añicos ante la embestida de la reacción ultraderechista.
La parálisis es evidente. No hay sentido ni energía o impulso alguno por crearlo, y el resultado es el nihilismo. La entrega al pensamiento mágico y a místicas engañosas por virtualmente inaccesibles: el dinero, la ostentación, el refugio en la cercanía al poder, por dudosos que sean los lugares en que este se sitúe.
No hay certeza, institución o afecto colectivo capaz de aportar contención frente a la policrisis del mundo globalizado. El análisis de dicha crisis queda desplazado por la claudicación ante su fuerza expansiva.
Y en consecuencia, el viraje ideológico de la serie es categórico. Y en un clima cultural de ultraderechización global, este viraje no puede entenderse de forma aislada.
La deserción ideológico/narrativa es una reacción plausible en momentos en que los vientos soplan huracanadamente en la dirección opuesta. El propio Arthur Rimbaud, tras escribir algunos de los textos más relevantes de la literatura universal, se retiró nada menos que a la práctica del tráfico de armas.
El problema aquí es claro: los vacíos ideológicos no existen. Si muere un régimen malo, la incapacidad de levantar uno que supere sus disfuncionalidades no hace que estas desaparezcan, sino que ese espacio sea ocupado por monstruos.
Si los jóvenes de clase humilde con problemas de adicción no encuentran respuestas ni amparo en las instituciones que deben protegerles , la conclusión lógica es asumir, como Rue Bennet, la condena a entrar en el submundo del narcotráfico y, eventualmente, la muerte por sobredosis.
Si las personas LGTBIQ, las mujeres y los hombres socializados en roles de género tradicionales no reciben el mensaje de que existen horizontes identitario/afectivos más libres y felices, se replegarán sobre lo ya conocido. "Los hombres proveen", Cassie dixit; Nate pagando 50.000 dólares en flores y siendo mutilado por no poder pagar sus deudas; Jules convertida en "sugarbaby".
No hay posibilidad aparente de superación de las problemáticas colectivas en clave comunitaria ni de mejora; el dilema es maniqueo y por tanto, mentiroso: o caos o redención. Los personajes no aspiran a mejorar sus vidas -menos aún hacerlo poniendo y pensando en común los agravios que sufren-, el único horizonte posible es sobrevivir en una realidad que asumen inequívocamente hostil.
En una intervención reciente en el Festival Internacional de Cine de Las Palmas de Gran Canaria, el director Oliver Laxe justificaba el trato cruel a sus personajes en la crueldad del “mundo real”: “todos los días mueren niños inocentes en el mundo y eso también es cruel”, respondía a una pregunta sobre el tratamiento de la infancia en SIRAT (2024), su último largometraje.
Lexi, uno de los personajes principales de Euphoria, cerraba el capítulo final con una conclusión parecida. Tras la muerte por sobredosis de Rue, la maltratada protagonista, su ex-compañera de clase reflexionaba: "En la vida muere gente todo el tiempo, no tiene sentido angustiarse".
La injusticia y el dolor se expanden, en la serie y en nuestro presente histórico, sin que abunden herramientas cognitivas eficaces capaces de problematizarlos, oponerles resistencia o siquiera imaginar otro estado de las cosas. La producción cinematográfica en la era pos-covid funciona como síntoma de un sentimiento generalizado de derrota que gana posiciones en ausencia de imágenes justas de futuro por las que movilizarse.
En su libro “Los fantasmas de mi vida”, el crítico cultural Mark Fisher elaboraba su teoría sobre la “hauntología” , un concepto referido a la relación entre imaginación, tiempo, espectros y memoria que aplicaba en dos direcciones. En su primera acepción, apuntaba Fisher, se refería a “aquello que ya no existe, pero que permanece como imagen (la traumática “compulsión a repetir” patrones fatales).
En la segunda, se refería a lo que “aún no ha ocurrido, pero es ya virtualmente efectivo (un “atractor”, una anticipación que modela el comportamiento presente […] una virtualidad cuya llegada anunciada está ya jugando un papel en menoscabar el estado presente de las cosas”. Esta última acepción recogía la posibilidad de que "espectros" de futuros mejores y posibles poblasen momentos históricos de desesperanza y abriesen el camino a imaginar utopías con el objetivo de convertirlas en realidades. En suma, una alternativa a la resignación; una vía para superar la inercia.
"Hay muchas cosas que aún no sabemos sobre cómo se crea sentido, cómo interactúan sentido y poder, etc. tras el derrumbe del mundo neoliberal. Pero seguro, seguro, seguro que la desertización de la discusión pública y el desdén por el conocimiento NO son avance hacia nada mejor.", apuntaba recientemente en la red social X (antes Twitter) el pensador español Jónatham Moriche.
Tras la muerte de Rue por sobredosis -y antes de tomarse la justicia por su mano-, Ali expresa una noción quizá hermanada con esta última:
"Solo
hay dos formas de estar en el mundo: empeorándolo o haciéndolo
mejor".
En un contexto de fuerte adversidad histórica, simbólica y cultural, urge armarse de las capacidades que permitan asumir la pérdida del mundo como
lo conocimos, la llegada de otro cuya naturaleza en gran medida aún desconocemos y la necesidad de dar la pelea por construirlo en clave superadora del dolor y la parálisis.

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